Buscando la otra piel
Buscar. Intentar localizar o encontrar. Conseguir algo, provocar, arriesgarse. La piel que nos cuida y nos protege es la misma que se oculta y no se expone a nuestra propia realidad.
Hacer del riesgo a no buscar la oportunidad para arriesgar. Querer vestir lo que siento es cubrir, enterrar lo que deseo. Sé que más allá del yo sincero se encuentra el espejo en el que ver mi reflejo. Emborronado, pero no distorsionado. Puede que pálido, pero no en blanco y negro. Involuntario y sin embargo, el que quiero. El que se esconde tras mi piel.
Buscar un simple abrazo, las manos en tu espalda. Dejar que arrebates la piel tosca que me envuelve y me disfraza, la misma que atraviesas con tan solo una mirada. Ser hielo junto a la llama, descubrir finas capas de falsas vidas sin vida, replegadas entre la tristeza perdida que se derritieron sobre mi piel.
Buscar que el esfuerzo sea no esforzarme, que la distancia no se distinga ni entienda allá donde vayas. Encontrar en cada latido una nueva palabra, el corazón que no calla, que no puede enmudecer. Nunca habituarme, acostumbrarme a la noche quebrada por la voz de las sábanas que ya te sueñan entre mi piel.
Pero nunca condicionar, evitar buscar pedirte o rogarte siquiera. Sólo desear que algún día no recuerdes olvidarme por las razones que escondiste y te guardan bajo mi piel. Mi única y verdadera piel.
Dejando a un lado
Felicidad. Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Satisfacción, gusto, contento, suerte feliz. Está claro que un diccionario no puede sentir.
Tratamos de marcarnos objetivos y metas con la esperanza de perseguir, no conseguir. Dejar lejos, apuntar alto, esquivar lo diario, hacerlo pasado. Tener claro que cuanto más imposible, mas lo ansiamos. Entre tanto, prefiero seguir construyendo un futuro en base a sueños con realidad equilibrados.
Resulta curioso que por norma, compartamos de forma casi idéntica los mismos deseos, sin haberlos siquiera rozado. El anhelo plagiado, el sueño de otros y por otros imitado. Todo sería más fácil si en vez de dejar nuestro destino en ajenas manos, supiéramos separar lo que sobra, lo que no necesitamos.
Entre tantas definiciones y métodos redactados, mi felicidad agradece el disgusto evitado, conocido, esperado. Siempre habrá lugar para nuevos dilemas, nuevos problemas. Incluso aunque generarlos por gusto sea nuestra naturaleza. Nadie mejor que nosotros para salvar nuestras propias barreras.
Antes me preguntaba qué pasaría si en vez de pretender una lista de imposibles evitaba alimentar lo que estorbaba, lo tangible. Mientras sigo soñando lo mismo, atrás quedaron sabores a percepciones ficticias.
Una barrera de más
Echar. Hacer salir, despedir, dejar caer, asolar. Cuando todas las acepciones parecen tener una connotación negativa, aparece la añoranza. Echar de menos.
Le otorgamos un lugar privilegiado a la falta de alguien o de algo. La privación por aparición, la sonrisa de la nostalgia. Cada día nos cuesta menos echar en falta mientras no aprendemos a echar de más. Parece como si el decir abiertamente que no tenemos tiempo o que no podemos prestar atención, fuera una falta de diplomacia sentimental.
Puede que sea ignorancia emocional, pero si realmente hiciéramos un ejercicio de empatía, podríamos comprobar que quizás no siente del todo bien un simple "espérate", pero al menos en mi caso en particular, se agradece frente a un silencio que esconde un "no estaba escuchando, lo siento".
Más allá del aprendizaje comunicativo, del ganar-ganar relacional o del perfecto manual de cómo negociar, está nuestra competencia para conquistar el tiempo propio y ajeno. Aunque podamos pensar en paralelo y realizar varias tareas a la vez, considero que hacer de la atención una labor multidireccional más que una falta de respeto es un limitador de agilidad mental.
Un interlocutor atento no es aquel que regala su tiempo, es el que lo aprovecha. Será cuestión de percepción, pero para mí la honestidad es el respeto halagador. Hasta cuando requiere de un "ahora no".
No me sigas
No, no lo hagas. Mejor acompáñame. Nunca estar un paso delante o atrás. Poder darme la vuelta, darnos la vuelta, siempre a la par.
Prefiero salir del paréntesis a entrar en él. Lo que está dentro es lo habitual, se puede agrupar. La sorpresa no conoce diario, está fuera de lo cotidiano. Creemos que cambiamos mientras nos persigue el reflejo de un distorsionado pasado. Déjalo ahí, déjalo atrás. Querer vivir la suma de todos los momentos, no los tuyos o los míos, sino los nuestros.
Esconderse es huir, rechazar, evitar. Tratar de despertar entre sueños salpicados de realidad. Sólo existe una senda de la que partir, un trazado por el que marchar. El mismo que lleva mi huella, el mismo que con el tuyo se encuentra y se completa. No tiene sentido regresar si en ningún momento tuve que alejarme. Porque nunca ha sido así. Contigo siempre es ahora, siempre es aquí.
No, no me sigas. Abre camino conmigo. Un paso tuyo, uno mío. Dibujar un presente compartido con el futuro como destino. Negar el tiempo sin volver la vista atrás, sin necesidad de girar, virar, descansar o parar. Conseguir que el olvido no entienda de memoria y que los recuerdos se tornen continuos.
Nublar la vista, enturbiar la distancia. Acariciar las palabras con tan solo una mirada. Saber que sigues aquí. Incluso allí. Que seguimos. Que sigamos.
Sobre el tiempo
Relatividad. Siempre he afirmado que sé cómo pienso yo, no así los demás. Algo que puede resultar tan obvio, no lo es en realidad.
Sin embargo, hay medidores universales comunes para todos. Un segundo, un minuto, una hora. Misma duración, misma preocupación. El tiempo, el que pone todo en su lugar, el aliado enemistado.
Las cuatro de la mañana. Insomnio, problemas, mala noche. Esconder o querer parar las manecillas de los relojes no tiene otro efecto salvo una enorme pérdida de tiempo. En esas largas madrugadas, mirar la hora cada cinco minutos no sólo no ayuda nada sino que traslada el foco del problema y convierte esa acción en la principal causa de desvelo.
En nuestra vida cotidiana podemos encontrar una interminable lista de indicadores relativos de tiempo. Amanece cada mañana aproximadamente a la misma hora. No te preocupes mientras no veas la luz entre las sábanas. O mientras se mantenga el silencio en calma. El vecino, el ruido de la calle, el tráfico. Simplemente busca algo que sea familiar, cíclico, casi puntual.
Para mí la única solución pasa por cambiar la percepción temporal. Cada día, tardo un café en leer comentarios. Generar nuevas ideas suele demorarme una ducha, un breve paseo. Medir constantemente la productividad es por regla general tan irónico como pensar en no pensar.








