Más que un hábito
Confianza. Seguridad en uno mismo o en las propias cualidades. Credulidad, decisión, determinación. Trato amistoso. En confianza, entre nosotros.
Cada mañana despierto en un mundo se presenta a sí mismo como experto en antropología. No seré más que un iletrado, un analfabeto de la cortesía, incapaz de prejuzgar o valorar un buenos días. Entre seguir debatiendo los motivos sombríos que pusieron de acuerdo educación y empatía, prefiero aceptar que en un simple saludo se cruzan dos vidas: la tuya y la mía.
Cambian los tiempos, los momentos. El sentido común permanece inquieto. Nos sorprende lo evidente, más allá de tecnología, el simple hecho de haber transformado lo inaccesible en cercanía. Tan sólo hemos cambiado de categoría, de arquitectos de sueños a constructores del día a día. Es más que evidente que aquellos vínculos entre personas, lo llamados lazos débiles, cada vez se tornen más fuertes.
Las relaciones ahora se basan más que en hechos, en palabras. Desconfiar de algo o no confiar en nada. Un entorno dinámico multiplica la probabilidad de la elección equivocada. Ser conscientes de que existe algún riesgo no implica que conozcamos todas las ventajas. Prefiero firmar un interrogante a la afirmación que se tambalea. Es la confianza del ingenuo frente al temor del incrédulo.
Ante el silencio cualquier pregunta se encuentra oculta, vacía. Si la afinidad es un secreto que cobra vida en compañía, convertirse en confidente es quizá la respuesta a un buenos días.
En unos pocos metros
Distancia. Espacio o periodo de tiempo que media entre dos cosas o sucesos. Alejamiento afectivo. Diferencia entre unas cosas y otras. Lejos o de lejos guardamos las distancias para evitar la excesiva confianza.
La tecnología no une a las personas. Ni las acerca o las aparta. Posibilita, pero no fuerza. Facilita, pero no obliga. Estamos proyectando sobre un terreno todavía inexplorado tantos caminos que desorientan incluso al más aventajado. Por más que queramos no podemos delegar nuestro dinamismo a lo inanimado. A fin de cuentas, de nada sirve levantar puentes que no serán atravesados.
En los trayectos digitales los pasajeros son las ideas y nosotros el equipaje. Es la verdadera magia puntocero, la que trasciende a lo asimétrico, concéntrico o paralelo. Esto no es innovación de escuadra y cartabón. El mayor riesgo para la perdurabilidad de este modelo es la desconfianza en lo ajeno, lo lejano, en exponernos al propio ser humano. Consciente de ello, la única métrica que acepto es la que marca distancia cero.
Entre tanta embarcación, capitán y comandante una simple barca y unos remos nos permiten llegar más lejos, incluso antes. La paradoja del navegante que nunca quiso ser marinero. Nos estamos especializando en una gestión del conocimiento que olvidó codificar la parte humana del proceso. Necesitamos todavía tiempo para asimilar que la distancia entre personas no se mide en grados o metros, sino en afinidad de pensamientos. Que nos siga sorprendiendo, pero que no nos impida aprovecharlo.
De nada sirven las herramientas sin el factor humano. Para intercomunicar el planeta, primero tuvimos que conectar el cable en la roseta. Sigamos conectados.
Un nuevo escenario
Coincidencia. Ocurrencia de dos o más cosas o personas a un tiempo. Igualdad de formas, intereses, opiniones, etc. Esta mañana ha coincidido este post de Manel con las ideas que anoche rondaban desordenadas en mi cabeza.
Esta es una realidad interconectada donde los nodos ya no son grafos sino personas. Nos centramos en calcular el impacto, la repercusión o la difusión de simples extractos, en ningún caso nos abstraemos y entendemos que el conjunto es más que una suma de visitas, comentarios o menciones. Es un nuevo nivel de conciencia, la verdadera responsabilidad social, la cual defendemos y exigimos en textos, citas y manifiestos al mismo tiempo que declaramos intangible. No preciso una cifra exacta ni una unidad de medida exclusiva para saber que en pocos milisegundos una simple frase recorre el mundo y tiene impacto en al menos una vida.
No necesitamos la respuesta perfecta a la pregunta incorrecta. Agotamos nuestros esfuerzos intentando demostrar que dos más dos son tres, sin primero comprender por qué o para qué dicha convención se estableció. Patentamos nuestro deseo de destacar. Por regla general, abrir una brecha, marcar un antes y un después, no es la demostración universal de lo equivocados que otros están, es la consecuencia de la comprensión y resolución de un problema real.
Seleccionamos un rol, siempre lo hacemos. Modelamos nuestro reflejo en función de las figuras que nos representan, las mismas que nosotros escogemos. No delegamos responsabilidades sino miedos. Esa conciencia artificial que entre todos hemos creado se ajusta a un criterio de estabilidad, no de realidad. Parecemos temer la inminente cercanía de una voz hasta ahora desconocida que desequilibre nuestra balanza, la que media entre el todo o nada.
Simplificar. Contemplar la unidad mínima. Al negar la evidencia, limitamos las respuestas. Todos confiamos en que tarde o temprano se caerán las caretas, pero sólo las ajenas, no las nuestras. Dejar de ser la proyección de nuestros miedos, con la misma solidez que su sombra, requiere asumir riesgos. Si somos actores forzados deberíamos saber, al menos, que ha cambiado el escenario.
La única genialidad
La vida va engarzando mis momentos con hilos de blanco y negro. Segundas o terceras partes no tienen cabida en el corazón sincero, ajeno a secuelas, secuencias, esquivo del tiempo.
Ahora se cumplen dos años desde que se inició mi particular diario que transformó proyectos en el continuo pronóstico médico. Para evitar caer en la espiral de la eterna pasividad decidí volver a este mundo digital que siempre fue, más que un refugio, la dualidad entre trabajo y realidad.
En un mundo alimentado de hipocresía, yo y mi ego, cuanto me quiero y a ver que saco de todo esto, querer ver lo contrario en lo dospuntocero más que de iluso es propio del soñador ciego. Conozco las reglas del juego. Proyecciones del quiero ser y no puedo.
Palabras vacías que van dibujando un contorno trasparente, nulo, indiferente. Adornar los textos con tan idílicos conceptos no convierte oración en sentimiento, sólo demuestra el tiempo que un diccionario actuó de improvisado maestro.
Por suerte las excepciones se tornan reglas en otros contextos. Cuando alguien te dedica un segundo de su tiempo bien merece un lugar en tu recuerdo. En mi mundo hablar con propiedad requiere dos verbos: ser y estar. En singular sólo soy sin importar dónde o cómo estoy. Juntos es cuando somos, cuando estamos a pesar de lo lejano.
Más allá de la conveniencia, del trueque o del doble filo. Ilusivo, inocente, falso positivo. Podríamos buscar argumentos hasta agotar nuestro último aliento. Eso no cambiaría el hecho de haber convertido lo propio en ajeno. Habrá quien quiera ver esa preocupación fría, vana, automática, sólo por el hecho de estar digitalizada. Prefiero esa atención lejana a la forzada del cara a cara.
Mi visión del mundo no ha cambiado, siempre confié en minúsculos porcentajes. Esos pequeños detalles que de las grandes diferencias se declaran culpables. Sin pretenderlo, buscarlo y sin ofrecer nada a cambio, incluso cuando no estoy siento que soy.
Hoy sigo siendo mi última versión, no la mejor. La única genialidad es el agradecimiento que hace de vuestro recuerdo mi más preciado talento.








