Siéntate
Sentar. Establecer las bases o los fundamentos de una teoría, una doctrina. Dejar una cosa asegurada o ajustada. Cuadrar, convenir. Estabilizarse, normalizarse. Sentarse a sentir, sentir cómo sentar.
Treinta días. Sólo un mes, uno de doce. Porcentaje, número, cifra, un dato más sin aportar. Para muchos, quizá para otros, el silencio es la palabra del no imaginar. No para mí, no considero un banco cualquiera de un parque más. Atípico, marginado, clamando el desgaste de tan sólo escuchar.
Sobran diseños, modelos, clones, que nos dificultan por dónde empezar. Cómo iniciar. En algún momento, algún lugar, decidimos las leyes que marcaron el supuesto azar que hoy se contempla casualidad. Se nos presenta como informal la rúbrica teñida de realidad. Ni propia ni de otros, es la propia, particular.
Hoy no borro almanaques, meses, horarios que en su día arroparon finalidad. Destacamos las mentes fluorescentes que marcan los lazos que recordar. No me dejo atrapar. Emborrono fechas, metros, pasos, que marquen el banco que debo ocupar. Que en su día solamente recuerde que hubo un instante que no quise olvidar. No pudimos evitar rescatar.
Pasarán momentos. Caducarán los inciertos. Mientras vosotros persigáis los recuerdos tan sólo dejadme en mi banco esperar. A cada uno de vosotros, sin más. En lugar de volver, deporté a otro nombre lo que era mi azar.
Un nuevo paseo
Pasear. Ir andando por un lugar como distracción, ejercicio. A paseo, manifestar el desagrado o desaprobación de lo que alguien propone, dice o hace. Deambulamos en compañía con incómoda, errática soledad.
No hay camino sin caminante ni acompañante sin magia. Distancia, en pasos o palabras, que se disfraza entre las pausas que me devuelven tu mirada. Son más que pisadas, redobles de suelas, ecos de huellas. Escribamos en cada senda nuestra propia y única leyenda.
Partir, emprender, caminar. A cada metro vaciar los recuerdos que aferrados al tiempo no quieren marchar. Inesperados, improvisados encuentros entre risas arropan furtivos tropiezos, momentos perdidos, casualidad. Una fingida nostalgia despide al pasado que ya queda atrás.
Pasear por entre las calles los fragmentos de vida que van dibujando autobiografías. Avanzar sin rumbo aparente, sin fijar el destino o limitar objetivo. Ser brújula, no veleta, diferenciar la rosa y el viento, que sea el aroma de cada momento el que permita orientarnos de sensaciones.
El camino sólo se torna paseo cuando los deseos compartidos marcan la vía. Entre séquitos de apatía, el próximo límite, un nuevo paseo.
Sigue
Seguir, proseguir, llegar hasta algún sitio. Estar atento a ello, observar con atención. Miradas mudas que acompañan cada instante de realidad.
Sigue. No es tan sólo una palabra. Cambiar tu nombre por sonrisa en la distancia, disimular lejanía entre voces que ya no callan. Saber que aquí, incluso ahora, no se negocian con la suerte o la esperanza, sino con el tiempo, su arrogancia. La misma que entre agujas atraviesa ahora la que en su día vistió mi calma.
Tergiversar, deformar, adornar un escenario que en lugar de mentiras, rebosa verdad. La misma celada que en cada paso, cada camino, se tiñe de improvisadas rúbricas. Tan cerca que dos pronombres recuerdan en cada huella que el pasado queda atrás. Quedó atrás. No quiero una senda estrecha que haga de caminar juntos la única posibilidad.
De poco sirve una meta solitaria. Cruzar la línea que sólo ofrece unos segundos de secas palmas. Compartir unos metros es suficiente medalla, dejaré en otras manos, otros senderos, la gloria ermitaña. Ante un presente estático mi futuro se torna nómada.
Sigue, escoge el destino, toma ventaja, comienza a marchar. Que al girarte sólo veas la silueta que marca mi sombra que te acompaña a la par.
Simplificando
Simplificar. Hacer más sencilla, más fácil o menos complicada una cosa. Reducir una expresión, cantidad o ecuación a su forma más breve o menos compleja. Una ejecución simple que no requiere una definición extensa.
En este gran escaparate jugamos a posicionarnos como expertos en diccionario. Debe ser complejo convertir lo accesible en inalcanzable. Y sin embargo, lo hacemos a diario. Puede que exista una variable que se me escape. Se nos escape. Actuemos en consecuencia, asumamos que nuestro círculo es cerrado, que cada limitación técnica que libremos se verá cubierta por un incomprensible y jerárquico manto humano.
La tecnología no une, sólo posibilita. El entendimiento no surge con el mero hecho de estar conectados. Entre cultismos, neologismos y tecnicismos, en lugar de progreso, más de lo mismo. Fenómenos léxicos. Crucificamos la tilde no impresa mientras adoramos la gramática incomprensible, pero correcta. Curiosa valoración, extraño criterio. Nos importa más el gazapo o el error que saber interpretar al autor.
Evangelizar, dinamizador, resiliencia, procrastinar. Pequeño extracto de algunos términos que se han vuelto cotidianos en nuestro constante intento de comunicarnos. Me cuesta creer que no somos capaces de simplificar, de hacerlo cercano. Supongo que en algún momento debimos considerar que lo erudito era necesario. El lenguaje corriente para "el populacho". Que alguien me explique la ventaja de cifrar nuestro vocabulario. Olvidamos que todos, incluso los no docentes, de una forma u otra enseñamos. Compartir es, sobre todo, transmitir.
La idea, el centro, el mensaje. Mientras buscamos los adornos que parecen tan necesarios, la inspiración se pierde entre otra página de diccionario.
La única genialidad
La vida va engarzando mis momentos con hilos de blanco y negro. Segundas o terceras partes no tienen cabida en el corazón sincero, ajeno a secuelas, secuencias, esquivo del tiempo.
Ahora se cumplen dos años desde que se inició mi particular diario que transformó proyectos en el continuo pronóstico médico. Para evitar caer en la espiral de la eterna pasividad decidí volver a este mundo digital que siempre fue, más que un refugio, la dualidad entre trabajo y realidad.
En un mundo alimentado de hipocresía, yo y mi ego, cuanto me quiero y a ver que saco de todo esto, querer ver lo contrario en lo dospuntocero más que de iluso es propio del soñador ciego. Conozco las reglas del juego. Proyecciones del quiero ser y no puedo.
Palabras vacías que van dibujando un contorno trasparente, nulo, indiferente. Adornar los textos con tan idílicos conceptos no convierte oración en sentimiento, sólo demuestra el tiempo que un diccionario actuó de improvisado maestro.
Por suerte las excepciones se tornan reglas en otros contextos. Cuando alguien te dedica un segundo de su tiempo bien merece un lugar en tu recuerdo. En mi mundo hablar con propiedad requiere dos verbos: ser y estar. En singular sólo soy sin importar dónde o cómo estoy. Juntos es cuando somos, cuando estamos a pesar de lo lejano.
Más allá de la conveniencia, del trueque o del doble filo. Ilusivo, inocente, falso positivo. Podríamos buscar argumentos hasta agotar nuestro último aliento. Eso no cambiaría el hecho de haber convertido lo propio en ajeno. Habrá quien quiera ver esa preocupación fría, vana, automática, sólo por el hecho de estar digitalizada. Prefiero esa atención lejana a la forzada del cara a cara.
Mi visión del mundo no ha cambiado, siempre confié en minúsculos porcentajes. Esos pequeños detalles que de las grandes diferencias se declaran culpables. Sin pretenderlo, buscarlo y sin ofrecer nada a cambio, incluso cuando no estoy siento que soy.
Hoy sigo siendo mi última versión, no la mejor. La única genialidad es el agradecimiento que hace de vuestro recuerdo mi más preciado talento.








