José Luis Gato
23abr/10

La única genialidad

Fotografía: Víctor Nuno

La vida va engarzando mis momentos con hilos de blanco y negro. Segundas o terceras partes no tienen cabida en el corazón sincero, ajeno a secuelas, secuencias, esquivo del tiempo.

Ahora se cumplen dos años desde que se inició mi particular diario que transformó proyectos en el continuo pronóstico médico. Para evitar caer en la espiral de la eterna pasividad decidí volver a este mundo digital que siempre fue, más que un refugio, la dualidad entre trabajo y realidad.

En un mundo alimentado de hipocresía, yo y mi ego, cuanto me quiero y a ver que saco de todo esto, querer ver lo contrario en lo dospuntocero más que de iluso es propio del soñador ciego. Conozco las reglas del juego. Proyecciones del quiero ser y no puedo.

Palabras vacías que van dibujando un contorno trasparente, nulo, indiferente. Adornar los textos con tan idílicos conceptos no convierte oración en sentimiento, sólo demuestra el tiempo que un diccionario actuó de improvisado maestro.

Por suerte las excepciones se tornan reglas en otros contextos. Cuando alguien te dedica un segundo de su tiempo bien merece un lugar en tu recuerdo. En mi mundo hablar con propiedad requiere dos verbos: ser y estar. En singular sólo soy sin importar dónde o cómo estoy. Juntos es cuando somos, cuando estamos a pesar de lo lejano.

Más allá de la conveniencia, del trueque o del doble filo. Ilusivo, inocente, falso positivo. Podríamos buscar argumentos hasta agotar nuestro último aliento. Eso no cambiaría el hecho de haber convertido lo propio en ajeno. Habrá quien quiera ver esa preocupación fría, vana, automática, sólo por el hecho de estar digitalizada. Prefiero esa atención lejana a la forzada del cara a cara.

Mi visión del mundo no ha cambiado, siempre confié en minúsculos porcentajes. Esos pequeños detalles que de las grandes diferencias se declaran culpables. Sin pretenderlo, buscarlo y sin ofrecer nada a cambio, incluso cuando no estoy siento que soy.

Hoy sigo siendo mi última versión, no la mejor. La única genialidad es el agradecimiento que hace de vuestro recuerdo mi más preciado talento.

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21abr/10

Las ideas mudas

Ideas

Fotografía: Kipp Baker

Depender. Estar subordinado a algo o alguien. Necesitar de la ayuda y protección de otra persona o de otra cosa. La conectividad marca la nueva exigencia para existir o tener lugar.

Durante años he intentado controlar el uso de determinadas herramientas para mantener cierto equilibrio entre creatividad, innovación y productividad. Más que por autosuficiencia, por la firme creencia de que si “dependes de” estás “condicionado a”. En algún momento se tornó el hábito. Hemos pasado de ser esclavos de la tecnología a convertirnos en parte activa. De simples clientes a socios de la compañía.

Estos últimos días han sido un reflejo de querer y no poder. Motivos técnicos, que dirían otros. Descartado el método clásico basado en lápiz y papel, he sido incapaz de dejar constancia del más simple pensamiento. Realmente el problema no era el formato, sino el medio. La instantaneidad y la posibilidad de comunicar son ahora claves en mi motivación personal.

Cualquier idea cobra vida en el momento en el que se empieza a compartir. Esto, de por sí, debería ser suficiente galardón, sin esperar aplausos, portadas o palmadas en la espalda. Parecemos no recordar que esas miles de voces que ahora gritan a lo dospuntocero, durante años permanecieron mudas, acalladas, jamás pronunciadas.

Aportar exigiendo algo a cambio es un paso firme hacia la nueva fórmula de la ignorancia. Para mí, el auténtico analfabeto digital es el que teniendo las habilidades y competencias necesarias, no es capaz de relacionarse, aprender e interactuar en un entorno social. Sin  diferenciación, ya que cada día es más complejo delimitar dónde empieza lo analógico y dónde termina lo virtual.

No sería capaz de formular frases sin contar al menos con una palabra. Al igual que los proyectos serían sólo textos si no existiese la implicación humana.

18abr/10

La réplica imperfecta

La réplica imperfecta

Fotografía: Víctor Nuno

Mudanza. Cambio de casa o habitación, generalmente con muebles y pertenencias. Inconstancia en afectos y decisiones, cambiar de opinión. Transformación.

Nuestros recuerdos, aquellos que poblaban cajas, estanterías y libretas, ahora se indexan en la nube o en carpetas. Quizá sea evolución, optimización del espacio físico y mental, no necesitamos esforzarnos en memorizar aquello que podemos encontrar con suma facilidad. Mientras creemos que lo digital nos permite hacer una copia exacta, olvidamos lo complejo de replicar el momento, su instantaneidad.

Entre manuscritos, bocetos y diagramas inacabados encontramos ideas del pasado. Nada se olvida, simplemente nos cuesta rescatarlo. Recuperamos información por asociación, no es de extrañar que un simple garabato nos evoque una situación del pasado, ya que forma parte de ese contexto original. En estos últimos años, la mayor parte de mis trazos y esbozos están escritos en binario, formando el historial digital que ahora necesito trasladar.

Estos días, entre polémicas sobre modelos freemium, contenidos propios alojados en propiedades de terceros y migraciones forzadas como la que ha propiciado Ning, no he podido evitar pensar en cómo afectará este cambio, más allá de entornos, curvas de aprendizaje o interminables backups. Todo es contextual. A fin de cuentas, no hay plan de contingencia que lo deje todo como está.

Desde hace algún tiempo, nombro de forma irónica mi comportamiento como un “Síndrome de Diógenes Digital”. Me cuesta deshacerme de un marcador, de una simple línea escrita en el bloc de notas, de mil desarrollos comenzados, pero no acabados, los que forman el histórico sobre este teclado. Todos esos elementos acaban en carpetas desordenadas o circulan por la red sin saber exactamente cómo, dónde o por qué, siempre aderezados con un “ya los borraré”.

Al mirar de nuevo a la estantería, comprendo este gusto por el caos, por la entropía. Hay comportamientos que jamás cambiará la tecnología. Seguiré "copiando archivos" mientras soy consciente del carácter único, irrepetible de esta percepción.  Mi auténtica percepción.

15abr/10

Mereces ser más que un número

Fotografía: Jean-François Gornet

Merecer. Hacerse digno de lo que corresponde, sea recompensa o castigo. Desmereces que te siga, mereces ser mi amigo.

Entre valores universales, preceptos y principios básicos, dejamos a un lado la actitud equilibrada y constante, la ecuanimidad.  No sé qué tanto nos gusta el ego que juzgamos que quizá nos merecemos tener en nuestro contador una unidad más.

Dejemos a un lado el ruido, las métricas, la segmentación o el interés de la conversación. Aplicamos distintos criterios en distintos entornos, lo cual no es de extrañar. Pero mi limitada lógica me lleva a pensar que debería ser más complejo que me acepten en un círculo social donde la privacidad pierde su nombre en el momento de entrar.

Supongamos que Facebook es tu casa y Twitter el local abierto al público donde vas a trabajar. Cualquier persona ajena a Internet difícilmente entendería que dejases pasar a un desconocido a la intimidad de tu hogar y a su vez, a la misma persona, no contestases en tu tienda al entrar. A grandes rasgos esta es la realidad. Es bastante común ver como en Twitter alguien con presencia diaria y gran cantidad de seguidores rara vez devuelve ese “follow” a la persona que en Facebook tiene o tendrá nombrada como “amistad”.

Siguen apareciendo a diario manuales de cómo aumentar la presencia, conseguir más. Motivos por los que te sigo, por los que dejar de seguirte, merecer una recomendación o desmerecer tu voz. Quien tiene más de 1000 seguidores lleva el tiempo suficiente como para saber aplicar filtros, listas o conocer la importancia de la privacidad. Creo que es evidente, por regla general, tener una constante actividad. Por tanto no es cuestión de desconocimiento, de falta de tiempo o diferente finalidad. Es aceptar por sumar uno más.

Situaciones curiosas donde un mismo usuario en un sitio es bloqueado y al tiempo en el otro, lo ves comentar. Será que medio desmerece, o quizá merezca la mitad. Podría hacer una lista con interminables referencias, pero en esencia esta es la diferencia, se llame narcisismo digital, ego social o un simple “quiero más”. Me resulta un tanto peculiar que tengamos tiempo para calcular cualquier algoritmia social sin ser capaces de mejorar los argumentos de “yo no doy si tú no das”.

Por mi parte, intento evitar prejuzgar. De entrada todos merecen, si desmerecen dejamos de hablar. Sin bloqueos, unfollows ni traumas, mantengo mi coherencia digital. Debo tener suerte, o más bien merecerme un nombre "original". Así al buscarme en Google aparezco el primero y no desespero por escalar ningún puesto más.

1mar/10

Figuras literarias

Figuras literarias

Fotografía: Pablo Alcolea

Figurar. Aparentar, fingir. Destacar, imaginarse o suponer algo que no conocemos. Aparento, supongo, imagino que somos escritores puntocero.

Atrás dejamos la fría y blanca nieve, las oscuras noches de pálida luna, para inundarnos del sorprendente gratis de un regalo. Entre ironía y epíteto, recuerdan que lo que se da a alguien sin esperar nada a cambio, tiene un precio, un coste alto. Un simple gracias no vale como moneda de cambio. Afortunado el que recibe sin ceder su particular pago.

Sin embargo distribuimos las cosas en partes para que otro u otros puedan beneficiarse de ello. Eso sí, Creative Commons, Copyleft, la idea es mía, como mío es el nombre, una mención antes que nada por supuesto, sólo si no ganas. Parece que nuestra verdadera filosofía gira en torno a compartir el beneficio, no el común ni el de otros, sino el propio. La figura lógica, paradoja, ideas contradictorias en un solo pensamiento. El ranking del reconocimiento enmascarado en lo dospuntocero. La perífrasis del ego.

Metonimia, metáfora, símbolo, los tropos literarios que dinamizan la evangelización de una continua alegoría. Cultismos, tecnicismos, neologismos enriqueciendo nuestro diario networking, el mismo que nos presenta y nos reafirma como managers de nuestra vida. La exclamación o pregunta retórica que da fuerza a los desahogos que, entre muros, tablones y estados, no buscan respuesta alguna.

Entre prosopografía y etopeya, construimos la semblanza de nuestra propia biografía. Expertos literatos derramando en un perfil, nuestro retrato.