Una barrera de más
Echar. Hacer salir, despedir, dejar caer, asolar. Cuando todas las acepciones parecen tener una connotación negativa, aparece la añoranza. Echar de menos.
Le otorgamos un lugar privilegiado a la falta de alguien o de algo. La privación por aparición, la sonrisa de la nostalgia. Cada día nos cuesta menos echar en falta mientras no aprendemos a echar de más. Parece como si el decir abiertamente que no tenemos tiempo o que no podemos prestar atención, fuera una falta de diplomacia sentimental.
Puede que sea ignorancia emocional, pero si realmente hiciéramos un ejercicio de empatía, podríamos comprobar que quizás no siente del todo bien un simple "espérate", pero al menos en mi caso en particular, se agradece frente a un silencio que esconde un "no estaba escuchando, lo siento".
Más allá del aprendizaje comunicativo, del ganar-ganar relacional o del perfecto manual de cómo negociar, está nuestra competencia para conquistar el tiempo propio y ajeno. Aunque podamos pensar en paralelo y realizar varias tareas a la vez, considero que hacer de la atención una labor multidireccional más que una falta de respeto es un limitador de agilidad mental.
Un interlocutor atento no es aquel que regala su tiempo, es el que lo aprovecha. Será cuestión de percepción, pero para mí la honestidad es el respeto halagador. Hasta cuando requiere de un "ahora no".
A cámara lenta
Técnica. Colocar el metrónomo, agarrar la púa y comenzar a tocar. Patrones memorizados repetían una y otra vez los mismos movimientos a lo largo del mástil. Entre trastes no hay margen para el error.
Siempre me he valido de mis años de estudio de guitarra como referencia para evaluar la correcta ejecución de cualquier tarea diaria. El virtuosismo no debería asociarse con exclusividad a la música. El conocimiento es la mayor expresión de arte.
Cuando llegas a un determinado nivel, se hace más difícil medir el progreso. No es de extrañar que te llegues a obsesionar y que la mejora continua requiera un esfuerzo exponencial. Cuando crees dominar a la perfección un proceso, se llega a confundir eficacia con velocidad. Veinte notas por segundo, la base mínima para practicar. El exceso de concentración llega a aislar de la realidad.
Todos los sentidos se agudizan a tal extremo que llegan a distorsionar. Escuchar, ver o sentir acaban perdiendo su esencia natural. No puedes percibir lo que tu mente no llega a interpretar. Un día cualquiera escuchas una grabación propia y te preguntas de dónde surgen tantos errores. La respuesta sólo llega con la serenidad. Acelerar cualquier acción conlleva un riesgo alto, agiliza también los fallos.
Lo comparo con un amplificador de potencia. El nivel de la señal aumenta, pero también lo hace el ruido. Eso no es perfeccionar, es dar un paso atrás. La única solución es volver a empezar. Dejar a un lado la tensión, disfrutar. La magia llega siempre con la tranquilidad. Sólo entonces compruebas que ese afán por mejorar ha trasladado tu foco principal. La finalidad en cualquier caso es siempre transmitir, no impresionar.
Aprendí bastante de esta lección. Veinte notas automáticas jamás competirán contra tres llenas de pasión. Ser más rápido no te hace mejor, te hace más veloz.
Un pequeño giro
Cambio. Es tan sólo mencionarlo y nos asalta el pánico. Si funciona no lo toques, déjalo como está, déjalo estar, el tiempo decidirá.
Velocidad es igual a espacio partido por tiempo. Intentamos recordarnos a diario el vertiginoso ritmo del cambio, el que no cesa, incansable, a la par que nos aferramos a lo que consideramos premisas básicas, inmutables. Queremos pensar que evolucionamos hablando de física cuántica pero dejando para las demostraciones la mecánica clásica.
El mayor obstáculo para la innovación es el propio ser humano. El temor a lo desconocido, ese azaroso culpable que queremos creer que nos exime de ciertas responsabilidades, nos basta para justificar cualquier conducta cobarde. Los problemas más complejos tienen a veces soluciones triviales.
Puede sonar paradójico, pero la mayor revolución podría estar condicionada a una simple evolución conceptual en diferentes ámbitos, donde el más suave movimiento pudiese resultar tan violento como drástico. Es más simple inducir a un error de percepción que tratar de reinventarnos. Cambiar la unidad de medida, no contar en segundos el tiempo. Dar por hecho que la velocidad es una constante o que la distancia entre personas es sólo un momento.
En mi caso hoy todo está a treinta años o a un "ahora" de lejos. Hacerlo más simple, como pensar "a cuántas palabras te encuentras de mí".
Al menos una razón
Anticipación. Un virtuoso violinista siempre decía que la mejor improvisación, era la no improvisada. Expresión, silencio, giro, gesto. A ojos del mundo el tiempo se para con destellos de genio que invaden la sala. Para el músico, nada cambia. Su talento se pierde entre emoción preparada. Un, dos, mira el reloj. Así empieza esta interpretación.
Lejos de estar estudiada, anoche comenzaba esta expresión de la realidad. Diferentes respuestas a un mismo estímulo que serían imposibles predecir con antelación. Preocupación, complejidad, agradecimiento, reflexión. En este escenario no hay papel principal, la actuación no es tal, es interacción.
Sigamos con metáforas, símiles, excusas para seguir justificando este miedo al cambio. Lo digital, déjalo lejos. Crea términos como “desvirtualizar”. No podemos permitir que una serie de desconocidos nos feliciten el cumpleaños o nos pregunten "cómo estás". Coloca otra barrera, no dejes que esto te afecte. Recuerda que no son más que avatares carentes de vida. Jamás podrían suplantar tu entorno levantado con impactos de realidad. Mira el reloj. Tres, cuatro, percepción.
Entre fracasos y miedos, bosquejados esbozos de humanidad . No, eso no es preocupación. Recordatorios automatizados tan falsos y desvirtuados que se alimentan de ego para ser ejecutados. No es más que una estrategia, el quiero y no puedo de la identidad digital. Si todo es tan irreal, ¿por qué seguimos aquí?
Entre tanta autoestima, creemos tener tanto que ofrecer que el mundo ríe y llora en torno a un continuo paripé. De nuevo el reloj. Cinco, seis, aquí eres el rey.









