21abr/10

Fotografía: Kipp Baker
Depender. Estar subordinado a algo o alguien. Necesitar de la ayuda y protección de otra persona o de otra cosa. La conectividad marca la nueva exigencia para existir o tener lugar.
Durante años he intentado controlar el uso de determinadas herramientas para mantener cierto equilibrio entre creatividad, innovación y productividad. Más que por autosuficiencia, por la firme creencia de que si “dependes de” estás “condicionado a”. En algún momento se tornó el hábito. Hemos pasado de ser esclavos de la tecnología a convertirnos en parte activa. De simples clientes a socios de la compañía.
Estos últimos días han sido un reflejo de querer y no poder. Motivos técnicos, que dirían otros. Descartado el método clásico basado en lápiz y papel, he sido incapaz de dejar constancia del más simple pensamiento. Realmente el problema no era el formato, sino el medio. La instantaneidad y la posibilidad de comunicar son ahora claves en mi motivación personal.
Cualquier idea cobra vida en el momento en el que se empieza a compartir. Esto, de por sí, debería ser suficiente galardón, sin esperar aplausos, portadas o palmadas en la espalda. Parecemos no recordar que esas miles de voces que ahora gritan a lo dospuntocero, durante años permanecieron mudas, acalladas, jamás pronunciadas.
Aportar exigiendo algo a cambio es un paso firme hacia la nueva fórmula de la ignorancia. Para mí, el auténtico analfabeto digital es el que teniendo las habilidades y competencias necesarias, no es capaz de relacionarse, aprender e interactuar en un entorno social. Sin diferenciación, ya que cada día es más complejo delimitar dónde empieza lo analógico y dónde termina lo virtual.
No sería capaz de formular frases sin contar al menos con una palabra. Al igual que los proyectos serían sólo textos si no existiese la implicación humana.
15abr/10

Fotografía: Jean-François Gornet
Merecer. Hacerse digno de lo que corresponde, sea recompensa o castigo. Desmereces que te siga, mereces ser mi amigo.
Entre valores universales, preceptos y principios básicos, dejamos a un lado la actitud equilibrada y constante, la ecuanimidad. No sé qué tanto nos gusta el ego que juzgamos que quizá nos merecemos tener en nuestro contador una unidad más.
Dejemos a un lado el ruido, las métricas, la segmentación o el interés de la conversación. Aplicamos distintos criterios en distintos entornos, lo cual no es de extrañar. Pero mi limitada lógica me lleva a pensar que debería ser más complejo que me acepten en un círculo social donde la privacidad pierde su nombre en el momento de entrar.
Supongamos que Facebook es tu casa y Twitter el local abierto al público donde vas a trabajar. Cualquier persona ajena a Internet difícilmente entendería que dejases pasar a un desconocido a la intimidad de tu hogar y a su vez, a la misma persona, no contestases en tu tienda al entrar. A grandes rasgos esta es la realidad. Es bastante común ver como en Twitter alguien con presencia diaria y gran cantidad de seguidores rara vez devuelve ese “follow” a la persona que en Facebook tiene o tendrá nombrada como “amistad”.
Siguen apareciendo a diario manuales de cómo aumentar la presencia, conseguir más. Motivos por los que te sigo, por los que dejar de seguirte, merecer una recomendación o desmerecer tu voz. Quien tiene más de 1000 seguidores lleva el tiempo suficiente como para saber aplicar filtros, listas o conocer la importancia de la privacidad. Creo que es evidente, por regla general, tener una constante actividad. Por tanto no es cuestión de desconocimiento, de falta de tiempo o diferente finalidad. Es aceptar por sumar uno más.
Situaciones curiosas donde un mismo usuario en un sitio es bloqueado y al tiempo en el otro, lo ves comentar. Será que medio desmerece, o quizá merezca la mitad. Podría hacer una lista con interminables referencias, pero en esencia esta es la diferencia, se llame narcisismo digital, ego social o un simple “quiero más”. Me resulta un tanto peculiar que tengamos tiempo para calcular cualquier algoritmia social sin ser capaces de mejorar los argumentos de “yo no doy si tú no das”.
Por mi parte, intento evitar prejuzgar. De entrada todos merecen, si desmerecen dejamos de hablar. Sin bloqueos, unfollows ni traumas, mantengo mi coherencia digital. Debo tener suerte, o más bien merecerme un nombre "original". Así al buscarme en Google aparezco el primero y no desespero por escalar ningún puesto más.
1mar/10

Fotografía: Pablo Alcolea
Figurar. Aparentar, fingir. Destacar, imaginarse o suponer algo que no conocemos. Aparento, supongo, imagino que somos escritores puntocero.
Atrás dejamos la fría y blanca nieve, las oscuras noches de pálida luna, para inundarnos del sorprendente gratis de un regalo. Entre ironía y epíteto, recuerdan que lo que se da a alguien sin esperar nada a cambio, tiene un precio, un coste alto. Un simple gracias no vale como moneda de cambio. Afortunado el que recibe sin ceder su particular pago.
Sin embargo distribuimos las cosas en partes para que otro u otros puedan beneficiarse de ello. Eso sí, Creative Commons, Copyleft, la idea es mía, como mío es el nombre, una mención antes que nada por supuesto, sólo si no ganas. Parece que nuestra verdadera filosofía gira en torno a compartir el beneficio, no el común ni el de otros, sino el propio. La figura lógica, paradoja, ideas contradictorias en un solo pensamiento. El ranking del reconocimiento enmascarado en lo dospuntocero. La perífrasis del ego.
Metonimia, metáfora, símbolo, los tropos literarios que dinamizan la evangelización de una continua alegoría. Cultismos, tecnicismos, neologismos enriqueciendo nuestro diario networking, el mismo que nos presenta y nos reafirma como managers de nuestra vida. La exclamación o pregunta retórica que da fuerza a los desahogos que, entre muros, tablones y estados, no buscan respuesta alguna.
Entre prosopografía y etopeya, construimos la semblanza de nuestra propia biografía. Expertos literatos derramando en un perfil, nuestro retrato.
24feb/10

Fotografía: Víctor Nuno
Echar. Hacer salir, despedir, dejar caer, asolar. Cuando todas las acepciones parecen tener una connotación negativa, aparece la añoranza. Echar de menos.
Le otorgamos un lugar privilegiado a la falta de alguien o de algo. La privación por aparición, la sonrisa de la nostalgia. Cada día nos cuesta menos echar en falta mientras no aprendemos a echar de más. Parece como si el decir abiertamente que no tenemos tiempo o que no podemos prestar atención, fuera una falta de diplomacia sentimental.
Puede que sea ignorancia emocional, pero si realmente hiciéramos un ejercicio de empatía, podríamos comprobar que quizás no siente del todo bien un simple "espérate", pero al menos en mi caso en particular, se agradece frente a un silencio que esconde un "no estaba escuchando, lo siento".
Más allá del aprendizaje comunicativo, del ganar-ganar relacional o del perfecto manual de cómo negociar, está nuestra competencia para conquistar el tiempo propio y ajeno. Aunque podamos pensar en paralelo y realizar varias tareas a la vez, considero que hacer de la atención una labor multidireccional más que una falta de respeto es un limitador de agilidad mental.
Un interlocutor atento no es aquel que regala su tiempo, es el que lo aprovecha. Será cuestión de percepción, pero para mí la honestidad es el respeto halagador. Hasta cuando requiere de un "ahora no".
6feb/10

Fotografía: Víctor Nuno
Técnica. Colocar el metrónomo, agarrar la púa y comenzar a tocar. Patrones memorizados repetían una y otra vez los mismos movimientos a lo largo del mástil. Entre trastes no hay margen para el error.
Siempre me he valido de mis años de estudio de guitarra como referencia para evaluar la correcta ejecución de cualquier tarea diaria. El virtuosismo no debería asociarse con exclusividad a la música. El conocimiento es la mayor expresión de arte.
Cuando llegas a un determinado nivel, se hace más difícil medir el progreso. No es de extrañar que te llegues a obsesionar y que la mejora continua requiera un esfuerzo exponencial. Cuando crees dominar a la perfección un proceso, se llega a confundir eficacia con velocidad. Veinte notas por segundo, la base mínima para practicar. El exceso de concentración llega a aislar de la realidad.
Todos los sentidos se agudizan a tal extremo que llegan a distorsionar. Escuchar, ver o sentir acaban perdiendo su esencia natural. No puedes percibir lo que tu mente no llega a interpretar. Un día cualquiera escuchas una grabación propia y te preguntas de dónde surgen tantos errores. La respuesta sólo llega con la serenidad. Acelerar cualquier acción conlleva un riesgo alto, agiliza también los fallos.
Lo comparo con un amplificador de potencia. El nivel de la señal aumenta, pero también lo hace el ruido. Eso no es perfeccionar, es dar un paso atrás. La única solución es volver a empezar. Dejar a un lado la tensión, disfrutar. La magia llega siempre con la tranquilidad. Sólo entonces compruebas que ese afán por mejorar ha trasladado tu foco principal. La finalidad en cualquier caso es siempre transmitir, no impresionar.
Aprendí bastante de esta lección. Veinte notas automáticas jamás competirán contra tres llenas de pasión. Ser más rápido no te hace mejor, te hace más veloz.