Distancias
Ausencia. Separación de un lugar, tiempo que dura el alejamiento. El mismo que se esconde tras la privación de un sueño.
Por más que lo intente, jamás seré capaz de hacer de mi vida un telegrama. Tratamos de contar las horas, los segundos, los minutos que pasan, aunque nadie pueda medir el mañana. Mientras el espejo del alma no siempre se viste con la misma cara, mi tez a veces radiante, a veces pálida, busca escaparse entre suspiros de almohada.
Sin la capacidad de diferenciar entre prosa, blogs, noticias o poetas, esta misma mesa contempla los titulares de mi diaria meta. Sin necesidad de derramar la sombra quebrada por entre las letras, entre silencios y noches sin sueño intento buscar las ideas que se alejan. Se me alejan.
Dejo atrás la apología de la nostalgia, la añoranza de una realidad desvirtuada. Atrás quedan las bulímicas tristezas, las tormentas que te arrastran. Hacer de mi presente el que busco, el que quiero, el que deseo, tan sólo requiere dibujar su camino en cada sueño. Soñemos.
Por más metros que la vida me tome ventaja, por más minutos que entre relojes atraviesen las sábanas, no podrán hacer de mi ausencia su distancia. Tu distancia.
Buscando la otra piel
Buscar. Intentar localizar o encontrar. Conseguir algo, provocar, arriesgarse. La piel que nos cuida y nos protege es la misma que se oculta y no se expone a nuestra propia realidad.
Hacer del riesgo a no buscar la oportunidad para arriesgar. Querer vestir lo que siento es cubrir, enterrar lo que deseo. Sé que más allá del yo sincero se encuentra el espejo en el que ver mi reflejo. Emborronado, pero no distorsionado. Puede que pálido, pero no en blanco y negro. Involuntario y sin embargo, el que quiero. El que se esconde tras mi piel.
Buscar un simple abrazo, las manos en tu espalda. Dejar que arrebates la piel tosca que me envuelve y me disfraza, la misma que atraviesas con tan solo una mirada. Ser hielo junto a la llama, descubrir finas capas de falsas vidas sin vida, replegadas entre la tristeza perdida que se derritieron sobre mi piel.
Buscar que el esfuerzo sea no esforzarme, que la distancia no se distinga ni entienda allá donde vayas. Encontrar en cada latido una nueva palabra, el corazón que no calla, que no puede enmudecer. Nunca habituarme, acostumbrarme a la noche quebrada por la voz de las sábanas que ya te sueñan entre mi piel.
Pero nunca condicionar, evitar buscar pedirte o rogarte siquiera. Sólo desear que algún día no recuerdes olvidarme por las razones que escondiste y te guardan bajo mi piel. Mi única y verdadera piel.
No me sigas
No, no lo hagas. Mejor acompáñame. Nunca estar un paso delante o atrás. Poder darme la vuelta, darnos la vuelta, siempre a la par.
Prefiero salir del paréntesis a entrar en él. Lo que está dentro es lo habitual, se puede agrupar. La sorpresa no conoce diario, está fuera de lo cotidiano. Creemos que cambiamos mientras nos persigue el reflejo de un distorsionado pasado. Déjalo ahí, déjalo atrás. Querer vivir la suma de todos los momentos, no los tuyos o los míos, sino los nuestros.
Esconderse es huir, rechazar, evitar. Tratar de despertar entre sueños salpicados de realidad. Sólo existe una senda de la que partir, un trazado por el que marchar. El mismo que lleva mi huella, el mismo que con el tuyo se encuentra y se completa. No tiene sentido regresar si en ningún momento tuve que alejarme. Porque nunca ha sido así. Contigo siempre es ahora, siempre es aquí.
No, no me sigas. Abre camino conmigo. Un paso tuyo, uno mío. Dibujar un presente compartido con el futuro como destino. Negar el tiempo sin volver la vista atrás, sin necesidad de girar, virar, descansar o parar. Conseguir que el olvido no entienda de memoria y que los recuerdos se tornen continuos.
Nublar la vista, enturbiar la distancia. Acariciar las palabras con tan solo una mirada. Saber que sigues aquí. Incluso allí. Que seguimos. Que sigamos.






