Simplificando
Simplificar. Hacer más sencilla, más fácil o menos complicada una cosa. Reducir una expresión, cantidad o ecuación a su forma más breve o menos compleja. Una ejecución simple que no requiere una definición extensa.
En este gran escaparate jugamos a posicionarnos como expertos en diccionario. Debe ser complejo convertir lo accesible en inalcanzable. Y sin embargo, lo hacemos a diario. Puede que exista una variable que se me escape. Se nos escape. Actuemos en consecuencia, asumamos que nuestro círculo es cerrado, que cada limitación técnica que libremos se verá cubierta por un incomprensible y jerárquico manto humano.
La tecnología no une, sólo posibilita. El entendimiento no surge con el mero hecho de estar conectados. Entre cultismos, neologismos y tecnicismos, en lugar de progreso, más de lo mismo. Fenómenos léxicos. Crucificamos la tilde no impresa mientras adoramos la gramática incomprensible, pero correcta. Curiosa valoración, extraño criterio. Nos importa más el gazapo o el error que saber interpretar al autor.
Evangelizar, dinamizador, resiliencia, procrastinar. Pequeño extracto de algunos términos que se han vuelto cotidianos en nuestro constante intento de comunicarnos. Me cuesta creer que no somos capaces de simplificar, de hacerlo cercano. Supongo que en algún momento debimos considerar que lo erudito era necesario. El lenguaje corriente para "el populacho". Que alguien me explique la ventaja de cifrar nuestro vocabulario. Olvidamos que todos, incluso los no docentes, de una forma u otra enseñamos. Compartir es, sobre todo, transmitir.
La idea, el centro, el mensaje. Mientras buscamos los adornos que parecen tan necesarios, la inspiración se pierde entre otra página de diccionario.
A cámara lenta
Técnica. Colocar el metrónomo, agarrar la púa y comenzar a tocar. Patrones memorizados repetían una y otra vez los mismos movimientos a lo largo del mástil. Entre trastes no hay margen para el error.
Siempre me he valido de mis años de estudio de guitarra como referencia para evaluar la correcta ejecución de cualquier tarea diaria. El virtuosismo no debería asociarse con exclusividad a la música. El conocimiento es la mayor expresión de arte.
Cuando llegas a un determinado nivel, se hace más difícil medir el progreso. No es de extrañar que te llegues a obsesionar y que la mejora continua requiera un esfuerzo exponencial. Cuando crees dominar a la perfección un proceso, se llega a confundir eficacia con velocidad. Veinte notas por segundo, la base mínima para practicar. El exceso de concentración llega a aislar de la realidad.
Todos los sentidos se agudizan a tal extremo que llegan a distorsionar. Escuchar, ver o sentir acaban perdiendo su esencia natural. No puedes percibir lo que tu mente no llega a interpretar. Un día cualquiera escuchas una grabación propia y te preguntas de dónde surgen tantos errores. La respuesta sólo llega con la serenidad. Acelerar cualquier acción conlleva un riesgo alto, agiliza también los fallos.
Lo comparo con un amplificador de potencia. El nivel de la señal aumenta, pero también lo hace el ruido. Eso no es perfeccionar, es dar un paso atrás. La única solución es volver a empezar. Dejar a un lado la tensión, disfrutar. La magia llega siempre con la tranquilidad. Sólo entonces compruebas que ese afán por mejorar ha trasladado tu foco principal. La finalidad en cualquier caso es siempre transmitir, no impresionar.
Aprendí bastante de esta lección. Veinte notas automáticas jamás competirán contra tres llenas de pasión. Ser más rápido no te hace mejor, te hace más veloz.





