14Ene/10
Inauguramos sección: “Historia del Social Media”, con este post colaborativo entre José Luis Gato (@franjuice) y Raúl Dorado (@raul_sp).
Con este espacio queremos abrir una pequeña ventana para reflexionar (y si es posible sacaros una sonrisa), comparando la situación actual, que nos atrevemos a señalar como de verdadera revolución digital, con otros hitos señalados y que hoy son recordados cómo momentos que cambiaron la Historia de la humanidad.
El primer cuadro o escena histórica que queremos que nos ayudéis a “pintar” es sobre indios y vaqueros.
La idea que nos inspiró esta temática es el Lejano Oeste, como analogía que muestra la dificultad en la actualidad para emprender y montar negocios en Internet y la colonización que hicieron personas valientes y aguerridas por buscar la tierra prometida; un mundo aún sin conquistar, "tierras salvajes y no exploradas para la civilización” (rogamos tal licencia, aun cuando no estemos de acuerdo con sus variopintos métodos y formas)
Los roles o papeles que proponemos en esta escena son los siguientes:
- Los exploradores: los sufridos emprendedores que se adentran en lo desconocido, aún a riesgo de perecer en el intento.
- Los colonos: los más avispados, que escuchando los ecos de la tierra prometida, se asentaron en las tierras ya exploradas para construir sus humildes moradas, salones y negocios. A qué negarlo, fueron los pioneros.
- El Sheriff: Sin lugar a dudas, el más respetado de todos: Google, acompañado de su joven ayudante Bing y todos sus influyentes hombres (Twitter, Facebook, Youtube, etc.)
- Los buscadores de oro: Ansían encontrar el divino maná a toda costa, aunque para ello tengan que enviar miles y miles de emails automáticos, cometer perjurio alabando las virtudes de sus novedosos e infalibles productos y cómo no, llenen toda la red de spam. En efecto, se trata de los que te llevan la farmacia a casa, crean el elixir de la eterna juventud y quieren vivir de la “filosofía del pelotazo”.
- Los indios: Son todos aquellos emprendedores y startups que creían haber encontrado un nicho de mercado del que nadie los echaría. Pero la realidad era bien distinta, por más que ellos siguieran fieles a sus costumbres y se agruparan en numerosos eventos y asociaciones, casi todos ellos se vieron despojados de sus pertenencias que quedaron a merced de los intrépidos vaqueros. A ojos del mundo, eran el enemigo a batir. Nunca se supo la auténtica verdad.
- Los vaqueros: Queridos y respetados por todos, eran aquellos que ya estaban asentados en sus respectivos pueblos. Pero el poder los fue corrompiendo, persiguiendo crecer más y más a costa de todo y de todos. Comenzaron a crecer eliminando del mapa a aquel que se cruzaba en su camino, haciendo gala de una actitud, cuanto menos, beligerante. Consiguieron la estabilidad, pero se les atribuye un gran número de víctimas inocentes, ajenas a su codicia.
- Los charlatanes: Conocidos como vendehúmos y autoproclamados gurús que pueblan la red y que tratan de embaucar al pueblo sobre las maravillas de sus productos y remedios crecepelos. Ni qué decir que proliferaron de manera alarmante, dada la facilidad que tenían para embaucar con simples promesas a los todavía ingenuos e ignorantes. (en fin, esto no ha cambiado).
- Los forajidos: personas sin escrúpulos que buscan el beneficio propio aún con el perjuicio de los demás. Este papel lo juegan aquellos que usan malas artes como la suplantación de identidad, el phishing, malware y demás amenazas contra la comunidad.
Las cartas están sobre la mesa, ¿estás de acuerdo con lo expuesto? ¿Te gustaría añadir o modificar algún rol expuesto? Nos encantaría que participaras, este juego acaba de empezar. Y por supuesto, os invitamos a que propongáis nuevos escenarios. A partir de ahora, el pasado será 2.0
12Ene/10

Fotografía: Víctor Nuno
Bajo a la calle. Comienzo a sentir la lluvia después de mucho tiempo. Tras recorrer unos metros, el eco de las gotas rezumando entre la acera y la tela envuelve mis segundos eternos. Ruido, ritmo, recuerdos. Miro un cartel que enuncia: “Cuida tus ojos, sólo tienes dos y son para toda la vida”. Camino, destino, pensamientos. Gente a mi alrededor. Dejo atrás murmullos y rostros. Son de todas y de ninguna parte. Visión, personas, sentimientos. Hacía tan solo un rato que estaba atento a las palabras de Pedro Rojas. Una conversación que giraba en torno a competencias intangibles: idiomas y multiculturalidad, ambas inherentes a la nueva realidad global.
Hace años tuve la suerte de conocer a un desconocido, no por no tener nombre, sino por mi deseo de preservar su intimidad. De origen mexicano, era el presidente de una compañía líder a nivel mundial. Necesitamos un par de minutos para dar por concluido nuestro encuentro formal. Bastaron unas palabras, una mirada cómplice, para proseguir nuestra reunión fuera de aquel edificio. Nunca eliges el día en el que las palabras te llegan a marcar. Para facilitar esa tarea: observar, escuchar.
Fueron muchas horas las necesarias para resumir una personalidad. Alguien apasionado por su trabajo, enamorado de la actividad, que había abierto mercados de una forma para mí impensable y a su vez, original. Si quería entrar en la India, hacía sus maletas, no se lo pensaba dos veces, aterrizaba allí, sin conocer previamente el idioma, las costumbres o a gente a la que contactar. Iba a la aventura, pero con un propósito claro: triunfar a nivel personal. El éxito empresarial era una consecuencia, ni mucho menos una finalidad. Cada nueva experiencia que me contaba, más reforzaba su credibilidad. Repitió el mismo proceso en todos los países, China, Estados Unidos, cualquier continente, cualquier nacionalidad. No cesó hasta agotar esa expansión mundial.
Una persona humilde, sincera, que reconocía que el dinero no era su problema. Sentía la necesidad de seguir innovando un poco más, como al principio, siendo joven, cuando sólo tenía como bazas su carácter y las ideas claras. Con esto no quiero decir que todos debamos hacer lo mismo que él, irnos con el dinero justo a cualquier lugar. Si fuera tan simple es evidente que ya estaría puesto en práctica, no como el típico ejemplo en libros de autoayuda o de liderazgo empresarial.
Mientras debatimos sobre la falta de movilidad laboral o el uso de las redes sociales en la empresa, recuerdo lo que aquel desconocido que tanto mundo había conocido proclamaba como premisa fundamental. Cuando entres en un despacho, en una gran empresa o en una pequeña oficina, simplemente párate a escuchar. No en el sonido del teléfono que “casualmente” no cesa, no en el martilleo de teclas que intenta demostrar lo mucho que alguien se esfuerza. El trabajo suena a lo que es, a personas. Un murmullo, una pequeña risa, una voz que se alza entre todas. Vida, que suene a vida, a quienes disfrutan con lo que hacen, a los que son efectivos en sus tareas, a aquellos que se pueden permitir el insólito lujo de combinar momentos de "supuesto ocio" y productividad.
Él jamás invertiría en una empresa que no tuviera esa identidad. Ahora cada vez que atravieso una puerta, yo me paro a escuchar.