Diplomacia binaria
Los elogios motivan, animan, incluso a veces se necesitan. Hasta el ego mejor educado agradece los halagos. Creo que negarlo no demostraría nada salvo una humilde suprema arrogancia. Es el tipo de confianza que permite arropar las ideas de cierto sentido, poder hablar de “nuestro” en lugar de “mío”. El reconocimiento es tan necesario como el punto de vista alternativo.
No sé en qué momento se definió afinidad entre el cero y el uno. Me gusta o no me gusta. Positivo o negativo. Mientras somos capaces de sintetizar ideas complejas en unos pocos caracteres, limitamos las opiniones a tan sólo dos opciones. Es defender un modelo colaborativo en el que si no estás conmigo, eres enemigo. Un comentario, un tweet o un mensaje de muro se acaba convirtiendo en un lienzo con una paleta de blanco y negro. La auténtica participación comienza al dar color a la conversación.
Escaso sentido, construir puentes por donde no pasa río. Incluso si todo no fuera más que una simple estrategia en la que buscamos posicionarnos, cuanto mayor es la visibilidad, mayor es el miedo a pronunciarnos. Lo que debería ser una simple opinión ahora es la condena de nuestra reputación. Prefiero quedar en ridículo antes que presidir un conocimiento oligárquico.
Realmente desconozco si es falta de tiempo, atención o cierto respeto a llevar la contraria. Sin término medio entre la crítica y la alabanza, si no estoy completamente de acuerdo, diplomacia. La diversidad de opiniones es ese otro ángulo que siempre ha posibilitado nuevas fuentes de creatividad, innovación o incluso conocimiento por imitación de lo ajeno. En ausencia de una nueva visión, el contenido siempre será estático por más nodos y redes que atraviese. Ya sean unas pocas palabras o una red de blogs, sin una pausa para la reflexión, sin interacción, esa creación de valor que echamos en falta será aún menor. La razón, injusto premio para el autor.
Recuerdo con cierta nostalgia aquellas charlas donde lo que menos importaba era el centro de la discusión. Puro ingenio del que pretendía llevar la razón. El gusto por debatir.
En el orden correcto
Transmitir. Hacer llegar a alguien algún mensaje o comunicar estados de ánimo. Parece no haber persona o empresa dueña de la visión, misión o valores que representa.
Perseguir un objetivo es tan costoso que preferimos copiar las motivaciones de otros. Nos definimos creativos en un ejercicio de carente creatividad. No dejamos de exponer nuestro carácter innovador mientras nos alejamos de su propia definición. Aunque unificar criterios sea necesario, nadie obligó nunca a plagiarlos.
Que alguien me explique cómo sentir unos colores entre paletas de blanco y negro. Hemos convertido el copiar y pegar más que en una rutina, en una enfermedad. No es de extrañar que entre tanto emprendedor enamorado de su idea haya tanto desencantado del día a día. Un proyecto motiva, pero son las personas las que le dan vida. Sentir de manera parecida no es sentir de forma igual.
Transmitir ese atributo diferenciador es más que complejo cuando ni nosotros mismos lo conocemos. En estos tiempos es más que un riesgo entrar en una batalla sin saber de qué lado nos posicionaremos. Olvida táctica, estrategia, bibliografías o herramientas que condicionen tu propia mente, tus ideas. Nuestra percepción jamás entenderá de la conquista de lo ajeno. Es la única razón, la única distinción que siempre poseeremos.
De fuera a dentro. De dentro a fuera. Secuencial o quizá en paralelo. Simplemente imagina que buscas el orden correcto.





