José Luis Gato
27abr/10

En unos pocos metros

En unos pocos metros

Fotografía: Víctor Nuno

Distancia. Espacio o periodo de tiempo que media entre dos cosas o sucesos. Alejamiento afectivo. Diferencia entre unas cosas y otras. Lejos o de lejos guardamos las distancias para evitar la excesiva confianza.

La tecnología no une a las personas. Ni las acerca o las aparta. Posibilita, pero no fuerza. Facilita, pero no obliga. Estamos proyectando sobre un terreno todavía inexplorado tantos caminos que desorientan incluso al más aventajado. Por más que queramos no podemos delegar nuestro dinamismo a lo inanimado. A fin de cuentas, de nada sirve levantar puentes que no serán atravesados.

En los trayectos digitales los pasajeros son las ideas y nosotros el equipaje. Es la verdadera magia puntocero, la que trasciende a lo asimétrico, concéntrico o paralelo. Esto no es innovación de escuadra y cartabón. El mayor riesgo para la perdurabilidad de este modelo es la desconfianza en lo ajeno, lo lejano, en exponernos al propio ser humano. Consciente de ello, la única métrica que acepto es la que marca distancia cero.

Entre tanta embarcación, capitán y comandante una simple barca y unos remos nos permiten llegar más lejos, incluso antes. La paradoja del navegante que nunca quiso ser marinero. Nos estamos especializando en una gestión del conocimiento que olvidó codificar la parte humana del proceso. Necesitamos todavía tiempo para asimilar que la distancia entre personas no se mide en grados o metros, sino en afinidad de pensamientos. Que nos siga sorprendiendo, pero que no nos impida aprovecharlo.

De nada sirven las herramientas sin el factor humano. Para intercomunicar el planeta, primero tuvimos que conectar el cable en la roseta. Sigamos conectados.

24abr/10

Un nuevo escenario

Fotografía: Víctor Nuno

Coincidencia. Ocurrencia de dos o más cosas o personas a un tiempo. Igualdad de formas, intereses, opiniones, etc. Esta mañana ha coincidido este post de Manel con las ideas que anoche rondaban desordenadas en mi cabeza.

Esta es una realidad interconectada donde los nodos ya no son grafos sino personas. Nos centramos en calcular el impacto, la repercusión o la difusión de simples extractos, en ningún caso nos abstraemos y entendemos que el conjunto es más que una suma de visitas, comentarios o menciones. Es un nuevo nivel de conciencia, la verdadera responsabilidad social, la cual defendemos y exigimos en textos, citas y manifiestos al mismo tiempo que declaramos intangible. No preciso una cifra exacta ni una unidad de medida exclusiva para saber que en pocos milisegundos una simple frase recorre el mundo y tiene impacto en al menos una vida.

No necesitamos la respuesta perfecta a la pregunta incorrecta. Agotamos nuestros esfuerzos intentando demostrar que dos más dos son tres, sin primero comprender por qué o para qué dicha convención se estableció. Patentamos nuestro deseo de destacar. Por regla general, abrir una brecha, marcar un antes y un después, no es la demostración universal de lo equivocados que otros están, es la consecuencia de la comprensión y resolución de un problema real.

Seleccionamos un rol, siempre lo hacemos. Modelamos nuestro reflejo en función de las figuras que nos representan, las mismas que nosotros escogemos. No delegamos responsabilidades sino miedos. Esa conciencia artificial que entre todos hemos creado se ajusta a un criterio de estabilidad, no de realidad. Parecemos temer la inminente cercanía de una voz hasta ahora desconocida que desequilibre nuestra balanza, la que media entre el todo o nada.

Simplificar. Contemplar la unidad mínima. Al negar la evidencia, limitamos las respuestas. Todos confiamos en que tarde o temprano se caerán las caretas, pero sólo las ajenas, no las nuestras. Dejar de ser la proyección de nuestros miedos, con la misma solidez que su sombra, requiere asumir riesgos. Si somos actores forzados deberíamos saber, al menos, que ha cambiado el escenario.

21abr/10

Las ideas mudas

Ideas

Fotografía: Kipp Baker

Depender. Estar subordinado a algo o alguien. Necesitar de la ayuda y protección de otra persona o de otra cosa. La conectividad marca la nueva exigencia para existir o tener lugar.

Durante años he intentado controlar el uso de determinadas herramientas para mantener cierto equilibrio entre creatividad, innovación y productividad. Más que por autosuficiencia, por la firme creencia de que si “dependes de” estás “condicionado a”. En algún momento se tornó el hábito. Hemos pasado de ser esclavos de la tecnología a convertirnos en parte activa. De simples clientes a socios de la compañía.

Estos últimos días han sido un reflejo de querer y no poder. Motivos técnicos, que dirían otros. Descartado el método clásico basado en lápiz y papel, he sido incapaz de dejar constancia del más simple pensamiento. Realmente el problema no era el formato, sino el medio. La instantaneidad y la posibilidad de comunicar son ahora claves en mi motivación personal.

Cualquier idea cobra vida en el momento en el que se empieza a compartir. Esto, de por sí, debería ser suficiente galardón, sin esperar aplausos, portadas o palmadas en la espalda. Parecemos no recordar que esas miles de voces que ahora gritan a lo dospuntocero, durante años permanecieron mudas, acalladas, jamás pronunciadas.

Aportar exigiendo algo a cambio es un paso firme hacia la nueva fórmula de la ignorancia. Para mí, el auténtico analfabeto digital es el que teniendo las habilidades y competencias necesarias, no es capaz de relacionarse, aprender e interactuar en un entorno social. Sin  diferenciación, ya que cada día es más complejo delimitar dónde empieza lo analógico y dónde termina lo virtual.

No sería capaz de formular frases sin contar al menos con una palabra. Al igual que los proyectos serían sólo textos si no existiese la implicación humana.

18abr/10

La réplica imperfecta

La réplica imperfecta

Fotografía: Víctor Nuno

Mudanza. Cambio de casa o habitación, generalmente con muebles y pertenencias. Inconstancia en afectos y decisiones, cambiar de opinión. Transformación.

Nuestros recuerdos, aquellos que poblaban cajas, estanterías y libretas, ahora se indexan en la nube o en carpetas. Quizá sea evolución, optimización del espacio físico y mental, no necesitamos esforzarnos en memorizar aquello que podemos encontrar con suma facilidad. Mientras creemos que lo digital nos permite hacer una copia exacta, olvidamos lo complejo de replicar el momento, su instantaneidad.

Entre manuscritos, bocetos y diagramas inacabados encontramos ideas del pasado. Nada se olvida, simplemente nos cuesta rescatarlo. Recuperamos información por asociación, no es de extrañar que un simple garabato nos evoque una situación del pasado, ya que forma parte de ese contexto original. En estos últimos años, la mayor parte de mis trazos y esbozos están escritos en binario, formando el historial digital que ahora necesito trasladar.

Estos días, entre polémicas sobre modelos freemium, contenidos propios alojados en propiedades de terceros y migraciones forzadas como la que ha propiciado Ning, no he podido evitar pensar en cómo afectará este cambio, más allá de entornos, curvas de aprendizaje o interminables backups. Todo es contextual. A fin de cuentas, no hay plan de contingencia que lo deje todo como está.

Desde hace algún tiempo, nombro de forma irónica mi comportamiento como un “Síndrome de Diógenes Digital”. Me cuesta deshacerme de un marcador, de una simple línea escrita en el bloc de notas, de mil desarrollos comenzados, pero no acabados, los que forman el histórico sobre este teclado. Todos esos elementos acaban en carpetas desordenadas o circulan por la red sin saber exactamente cómo, dónde o por qué, siempre aderezados con un “ya los borraré”.

Al mirar de nuevo a la estantería, comprendo este gusto por el caos, por la entropía. Hay comportamientos que jamás cambiará la tecnología. Seguiré "copiando archivos" mientras soy consciente del carácter único, irrepetible de esta percepción.  Mi auténtica percepción.

14abr/10

La otra definición

Fotografía: Víctor Nuno

Escribir. Representar conceptos o ideas mediante letras o signos convencionales. Componer música, libros o discursos. Comunicar. No hace falta seguir buscando para saber que mi acepción no está en diccionario.

Silencios rotos, desgarrados en su día quebraron el ritmo descompasado que quiso marcarme cómo vivir. Al compás de una partitura inmensa en el que el director de orquesta es tan sólo aprendiz, nadie puede enseñar qué es transmitir. Esta vida es un pentagrama que golpea en cada nota una gota de ti.

Atrás dejo lecciones, elecciones y métodos sobre qué o cómo se debe escribir. Borrar mis palabras, tacharlas, olvidarlas, incluso yo mismo, darle la espalda. No me hace falta saber la importancia de un solo momento contigo o sin ti. Aunque pudieran negarme estas letras, nunca podrían enseñarme a sentir.

Cada letra lleva impresa lágrimas mudas y sonrisas inquietas. Camino entre las líneas sin rumbo, a veces, sin llegar a ningún lado. El corazón desorientado no mira en un mapa por donde seguir sino que descubre lo cerca o lo lejos que se encuentra de sí.

Entre los trazos presentes de vida están los que no quiero dejar escapar, verlos huir. Expresarlo como lo siento, vivirlo como lo pienso. Para mí, eso solo, sólo eso, puede ser escribir.