Un nuevo escenario
Coincidencia. Ocurrencia de dos o más cosas o personas a un tiempo. Igualdad de formas, intereses, opiniones, etc. Esta mañana ha coincidido este post de Manel con las ideas que anoche rondaban desordenadas en mi cabeza.
Esta es una realidad interconectada donde los nodos ya no son grafos sino personas. Nos centramos en calcular el impacto, la repercusión o la difusión de simples extractos, en ningún caso nos abstraemos y entendemos que el conjunto es más que una suma de visitas, comentarios o menciones. Es un nuevo nivel de conciencia, la verdadera responsabilidad social, la cual defendemos y exigimos en textos, citas y manifiestos al mismo tiempo que declaramos intangible. No preciso una cifra exacta ni una unidad de medida exclusiva para saber que en pocos milisegundos una simple frase recorre el mundo y tiene impacto en al menos una vida.
No necesitamos la respuesta perfecta a la pregunta incorrecta. Agotamos nuestros esfuerzos intentando demostrar que dos más dos son tres, sin primero comprender por qué o para qué dicha convención se estableció. Patentamos nuestro deseo de destacar. Por regla general, abrir una brecha, marcar un antes y un después, no es la demostración universal de lo equivocados que otros están, es la consecuencia de la comprensión y resolución de un problema real.
Seleccionamos un rol, siempre lo hacemos. Modelamos nuestro reflejo en función de las figuras que nos representan, las mismas que nosotros escogemos. No delegamos responsabilidades sino miedos. Esa conciencia artificial que entre todos hemos creado se ajusta a un criterio de estabilidad, no de realidad. Parecemos temer la inminente cercanía de una voz hasta ahora desconocida que desequilibre nuestra balanza, la que media entre el todo o nada.
Simplificar. Contemplar la unidad mínima. Al negar la evidencia, limitamos las respuestas. Todos confiamos en que tarde o temprano se caerán las caretas, pero sólo las ajenas, no las nuestras. Dejar de ser la proyección de nuestros miedos, con la misma solidez que su sombra, requiere asumir riesgos. Si somos actores forzados deberíamos saber, al menos, que ha cambiado el escenario.
La única genialidad
La vida va engarzando mis momentos con hilos de blanco y negro. Segundas o terceras partes no tienen cabida en el corazón sincero, ajeno a secuelas, secuencias, esquivo del tiempo.
Ahora se cumplen dos años desde que se inició mi particular diario que transformó proyectos en el continuo pronóstico médico. Para evitar caer en la espiral de la eterna pasividad decidí volver a este mundo digital que siempre fue, más que un refugio, la dualidad entre trabajo y realidad.
En un mundo alimentado de hipocresía, yo y mi ego, cuanto me quiero y a ver que saco de todo esto, querer ver lo contrario en lo dospuntocero más que de iluso es propio del soñador ciego. Conozco las reglas del juego. Proyecciones del quiero ser y no puedo.
Palabras vacías que van dibujando un contorno trasparente, nulo, indiferente. Adornar los textos con tan idílicos conceptos no convierte oración en sentimiento, sólo demuestra el tiempo que un diccionario actuó de improvisado maestro.
Por suerte las excepciones se tornan reglas en otros contextos. Cuando alguien te dedica un segundo de su tiempo bien merece un lugar en tu recuerdo. En mi mundo hablar con propiedad requiere dos verbos: ser y estar. En singular sólo soy sin importar dónde o cómo estoy. Juntos es cuando somos, cuando estamos a pesar de lo lejano.
Más allá de la conveniencia, del trueque o del doble filo. Ilusivo, inocente, falso positivo. Podríamos buscar argumentos hasta agotar nuestro último aliento. Eso no cambiaría el hecho de haber convertido lo propio en ajeno. Habrá quien quiera ver esa preocupación fría, vana, automática, sólo por el hecho de estar digitalizada. Prefiero esa atención lejana a la forzada del cara a cara.
Mi visión del mundo no ha cambiado, siempre confié en minúsculos porcentajes. Esos pequeños detalles que de las grandes diferencias se declaran culpables. Sin pretenderlo, buscarlo y sin ofrecer nada a cambio, incluso cuando no estoy siento que soy.
Hoy sigo siendo mi última versión, no la mejor. La única genialidad es el agradecimiento que hace de vuestro recuerdo mi más preciado talento.
Sin condicionantes
Sí. Consentimiento o permiso, respuesta afirmativa, conceder, convenir. Si. Expresión que indica deseo, cláusula condicional, aseveración terminante. No sé en qué momento consentí privar mis ideas de sus alas de realidad.
Querer medir con detalle el alcance de cada nuevo paso convierte lo simple en una compleja ecuación de infinitas variables. Nos pasamos la vida calculando con extrema cautela el impacto de nuestros actos. Eterno dilema. Elegir acertadamente no es un problema de cálculo, es el equilibrio entre querer, sentir y decidir. Complícalo cuanto quieras, a fin de cuentas una elección siempre se resumirá en un sí o no.
Hubo un tiempo en el que querer era poder, sin condiciones, sin concesiones. En algún momento debimos pensar que no todo podía ser tan simple, el ser humano no es tan trivial. Argumentamos para excusarnos, para prevenir un posible fracaso, para no reconocer que en última instancia somos responsables no sólo de nuestra propia vida, también de la ajena. Una gran carga emocional, quizá exceso de responsabilidad. Recordar que hasta la más absurda decisión pueda tener efecto en los demás no es conciencia social, es ser racional.
A veces creo que olvidamos los pequeños detalles que realmente son determinantes. La vida es un continuo proyecto cuyo único nexo lo determinan las personas. Día tras día repetimos los mismos procesos otorgando un matiz trascendental al mero hecho de pensar. Quizá no seamos tan decisivos como creemos, todo tiene exactamente la importancia que le quieras dar. Asumirlo, comprenderlo, discutirlo o negarlo, pero siempre avanzar. La ausencia de movimiento es aún peor que dar un paso atrás.
Querer o no. En el fondo veo incoherente ese inherente miedo al fracaso, ese temor a la derrota, a la realidad. Soy consciente de no poder evitar pensar, si bien el brillo en mis ojos renace al pensar mejor, no al pensar más.
La eterna espera
Azar. Casualidad, caso fortuito. Al azar, sin rumbo ni orden. Salir mal es salir al azar. Desde hace ya algún tiempo parece que tanto mi suerte como mi destino se aliaron de lo imprevisto.
Puede resultar irónico, pero decidí volver a escribir para agilizar la recuperación tras operarme del antebrazo derecho. Sinceramente, se complicó. Hace poco me comunicaron la escasa utilidad de la rehabilitación, por lo que decisiones, quirófanos y espera son las que a veces me separan de estas líneas, de estas letras.
No existe dolor que pueda callar las ideas, mermar la ilusión, anestesiar la esperanza. En cada silencio descubro algo nuevo, ya sea mío, tuyo, nuestro. El presente no tiene un único dueño, ni siquiera le pertenece al tiempo. Seguiré construyendo el mío en base a futuros recuerdos.
He aprendido que cada vida es un puzle con nombre propio, en el que ni sobran ni faltan piezas, simplemente se complementan, se modelan, no a tu ritmo ni al de otros, sino al de todos. Un compás de infinitas partituras, de contadas notas. Eterna sinfonía que a veces dejamos de escuchar, de soñar. Si la puesta en escena es siempre ahora, no trates de fingir, de actuar, sólo tienes ocasión de interpretar tu papel, el que marca el mismo guión que siempre guía el corazón.
Puede que sea cierto, a pesar de todo, conmigo es todo o nada, pero así lo prefiero. Así lo elijo, o quizá por mí lo eligieron. Mientras siga en mi vida un poco de esa nada seguiré luchando por ese todo. Con nadie, con todos. En esta eterna espera ya no busco caminos, veredas o senderos, tan sólo dame terreno y llegaré más allá, más lejos.








