Olvido
"Quiero la mejor reputación. Que no se hable mal de mí. Que si lo hacen, que lo cubran, que lo entierren, con amplias coronas de flores y con mantos de comentarios".
No busca amigos ni conocidos. Persigue menciones, portadas, lo que sea a cambio de nada. Encumbrado emperador del destino, cautiva con cada palabra. La ribera se llena de orgullo, el desprecio azota la calma. Mientras tanto, cada mañana, envidia y odio se encuentran. El refugio, tras su espalda.
"No quiero siquiera rumores, lo negativo, déjalo fuera, nada que altere mi ego, para poder mirarme al espejo y sentirme el amo del mundo. Que no dude ni un solo segundo lo que quiero ser y no puedo”.
Comienza a llover. Las primeras gotas de indiferencia resuenan sobre su ventana. La habitación, en su ausencia, siempre estuvo soleada.
"No te escondas, no huyas, quiero verte la cara. Que recuerdes por siempre mi nombre, que en cada letra se esconde un daga".
Dudas. Miedos. Poco a poco va cayendo la máscara. Ya no sabe quién es. O quién fue. Es el recuerdo el que ahora calla.
Cuando el silencio temblaba incierto, el frío atraveso su mirada. Frente a él, en su espejo, la sombra rota, difuminada.
Cuando nadie te ve
Parece que han quedado atrás esos años en los que tras un nick, había una máscara. Pseudónimos anónimos. Los comentarios se vestían de secretismo y sólo nuestra imaginación podía ponerles cara.
Recuerdo con una sonrisa una de las muchas anécdotas que me pasaron entre fantasías y páginas. Conocer a alguien en Internet era una novedad, los primeros pasos en la red para muchos transcurrían en los chats. Nada más lejos de la realidad, una estudiante de primero de periodismo comenzó a charlar conmigo, lo que se convirtió en un hábito. Habría pasado un año o así cuando ya conocía su día a día, sus anécdotas, sus miedos, pasiones y locuras. Nunca me preocupó la apariencia que tendría. Una voz con nombre hecha palabra. Fue entonces cuando desaparecí sin avisar, sin darle mayor gravedad que la normal. ¿A quién le iba a importar?
Me equivoqué. Siempre dejas una huella digital, por minúscula que sea. Dos años después, entre dudas y remordimientos, me confesó un terrible secreto. Todo este tiempo había usurpado la identidad de su hija, tanto su día a día como los sentimientos, aquellos que traicionó al transmitirlos a un extraño, a un ajeno. Lo que empezó siendo un simple juego había ocupado un espacio, si bien pequeño, en algún lugar de sus recuerdos. Se despertaba el miedo. Al rechazo, a la mentira, a la edad, a su otra vida.
Hoy tras cada usuario, suele haber un avatar, un rostro, un rastro. Los perfiles en muchos casos son públicos y nos preocupa la privacidad, nuestra marca personal, nuestra vida, el qué dirán. Lo que en otro momento era parte de nuestro peculiar teatro, ahora se escenifica a nivel mundial.
Esto, como siempre, me hace pensar. Al exponer nuestra identidad nos condicionamos de tal forma que es difícil sino imposible diferenciar entre lo que alguien quiere que se sepa y la verdad. Si bien podemos "limpiar" nuestro rastro en Internet haciendo uso de los "Estilistas 2.0" (gestores de reputación online) , con el real time esto se empieza a complicar. Al final, las llamadas buenas maneras, las interacciones, la moderación de nuestra palabras, se convertirán en algo habitual. Aunque siempre podamos nombrar la falsedad de los demás, nos cuidaremos de no hacerlo en público, sólo en nuestra intimidad. A medida que la identidad digital vaya cobrando más valor, que siga creciendo a este ritmo, lo veremos como algo normal. Quién sabe, quizás sea nuestro legado digital. Sería curioso que Internet educara lo que otros no han podido enseñar.






